Dispositivos digitales, adversarios ¿imbatibles? del proceso lineal de pensamiento

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Hace una década devolví el último libro que había retirado de la biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca y cancelé mi suscripción. Poco después me mudé a Buenos Aires. Ese año, 2009, fue el último en el cual me sentí un verdadero lector. Podía dedicarle a un texto una tarde o una noche entera. Podía sentarme a cenar a las doce de la noche, pensando –desde las nueve- “el próximo capítulo es el último”. Una década atrás, mi celular recibía unos pocos mensajes de texto por día y mi mente no tenía dificultades para sostener lo que hoy me parece imposible, una lectura atenta, larga, profunda e interesada.

En 2010, mis hábitos comenzaron a cambiar. En primer lugar, la lectura por placer quedó relegada ante las exigencias universitarias. Pero paralela y gradualmente la lectura de textos académicos se me hizo cada vez más difícil de sostener, no solo por el incremento del nivel de complejidad de los textos, propio de la progresión de una carrera universitaria, sino por la creciente falta de concentración que padecía y por el tedio que me atacaba a las pocas páginas de comenzar.

Durante esos primeros años universitarios, tenía la sospecha de que el aumento en mi consumo de internet, a través de cualquier dispositivo, era proporcional a la pérdida de mi capacidad de concentración, pero lo confirmé recién en 2014 cuando llegué a un libro que Nicholas Carr había escrito tres años antes: Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes? Allí, el autor relataba su propia experiencia con la lectura y sostenía que el uso generalizado de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación está perjudicando nuestro proceso lineal de pensamiento y creando una forma de pensar superficial, desordenada y breve.

Para argumentar la idea central del texto, Carr introdujo una explicación científica del ámbito de la neurociencia. Se trata de la neuroplasticidad o plasticidad neuronal, una teoría que plantea que nuestro cerebro no es estático (como se creía anteriormente), sino que está en permanente cambio a partir de nuestras experiencias y conductas. De esta forma, si introducimos a nuestra vida cotidiana nuevas costumbres o utilizamos nuevas herramientas, nuestro cerebro se adapta a ellas, “olvidando” las anteriores. “Las habilidades mentales que sacrificamos pueden ser tan valiosas, o incluso más, que las ganadas. La posibilidad de deterioro intelectual es inherente a la plasticidad de nuestro cerebro”, afirma el autor.

Carr sostiene que leer un libro es un proceso antinatural de pensamiento que solo puede ser adquirido a través del entrenamiento. Adquirir el hábito de quedarse quieto y prestar atención de forma silenciosa e ininterrumpida a un objeto estático es una disciplina mental que implica desatender a todo tipo de estímulos externos para concentrarnos profundamente en el objetivo de descifrar e interpretar un texto.

“La lectura profunda, sin distracciones, hace que la gente saque sus propias inferencias y analogías, haga sus propias asociaciones y desarrolle sus propias ideas […] Ésta fue y sigue siendo la esencia del proceso mental único que implica la lectura profunda. Esta ´extraña anomalía´ en nuestra historia psicológica solo pudo ser posible mediante la tecnología del libro”, sostiene el autor.

Al igual que el mapa, el reloj, la escuela, la computadora e internet, Carr incluye al libro dentro de las “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas que amplían nuestra capacidad mental. Si bien considera que todo tipo de tecnologías influyen en nuestra mente, son éstas últimas las que ejercen sobre ella el más amplio y duradero poder.

“Toda tecnología intelectual encarna una ética intelectual –afirma el autor- Le ética intelectual de una invención es lo que surge el efecto más profundo sobre nosotros, es el mensaje que transmite una herramienta o medio a las mentes y la cultura de sus usuarios”. Para ejemplificar este concepto, Carr sostiene que “el mapa y el reloj compartían una ética similar. Ambos ponían un nuevo énfasis en la medición y la abstracción, en la percepción y la definición de formas y procesos, que iban más allá de lo evidente a los sentidos”.  

Marshall McLuhan fue el principal promotor de esta idea. “El medio es el mensaje” su popular frase publicada en 1964 en Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano, era una advertencia sobre los efectos que los medios eléctricos del siglo XX (teléfono, radio, cine, televisión) podían tener sobre los pensamientos y sentidos de la época, construidos bajo el dominio de la imprenta y la palabra escrita. “La tecnología eléctrica está a las puertas y estamos entumecidos, sordos, ciegos y mudos sobre su encuentro con la tecnología de Gutenberg”, escribió.

Para McLuhan, el mensaje de los medios era distinto de su contenido. Mientras estamos únicamente ocupados por el contenido (el discurso que se emite por radio, la voz que escuchamos del otro lado del teléfono, etc.) los medios “modelan y controlan la escala y forma de las asociaciones y trabajo humano”. Para ejemplificar esta idea, afirmó que el ferrocarril no introdujo el movimiento ni el transporte, sino que aceleró y amplió la escala de las anteriores funciones humanas, creando ciudades, trabajo y ocio totalmente nuevos. “Los efectos de la tecnología no se producen al nivel de las opiniones o de los conceptos, sino que modifican los índices sensoriales, o pautas de percepción, regularmente y sin encontrar resistencia”, escribió.

Veintiún años después, Neil Postman, retomó y amplió conceptos desarrollados por McLuhan, poniendo como caso de estudio la influencia de la televisión en la sociedad estadounidense. Divertirse hasta morir: El discurso público en la era del “show business” es, en palabras del autor, “una investigación y también un lamento sobre el hecho cultural estadounidense más significativo de la segunda mitad del siglo XX: la decadencia de la era tipográfica y el ascenso de la era de la televisión”.

“Esta transformación –sigue el autor- ha representado un cambio dramático e irreversible del contenido y significado del discurso político. A medida que la influencia de la imprenta disminuye, el contenido de la política, la religión, la educación y todo aquello que comprenda cuestiones públicas debe cambiar y ser refundida en los términos más apropiados a la televisión”.

Postman considera que, antes de la llegada de los medios eléctricos -principalmente la televisión- “La influencia de la palabra impresa en todos los aspectos del discurso público era insistente y poderosa […] La resonancia de la estructura lineal y analítica de la imprenta, y en particular de la prosa de exposición, podía escucharse en todas partes”. Para graficar esta idea y sobretodo explicar las capacidades que se perdieron durante la era de la televisión (tendencia que se está profundizando durante la era de internet), el autor introduce un curioso ejemplo sucedido en 1858 en Ottawa, Illinois.

Allí se realizó el primero de los siete debates entre Abraham Lincoln y Stephen Douglas. El autor cuenta que el acuerdo consistía en que Douglas haría uso de la palabra durante una hora, Lincoln tendría una hora y media para responder, y finalmente Douglas contaría con media hora más para replicar los dichos de su oponente. Se trató de un debate mucho más corto que otros que habían protagonizado con anterioridad. Por ejemplo, dos años antes en Peoria, Illinois, Douglas habló durante tres horas, se realizó una pausa para cenar y luego Lincoln, se dirigió al público durante cuatro horas. Adicionalmente, el autor señala que ambos oradores utilizaban recursos retóricos complejos (sarcasmo, ironía, paradoja, metáforas, etc.) y que su lenguaje era “imprenta pura”, es decir, se expresaban “mediante frases que tenían la estructura, la extensión y la organización retórica correspondiente a la escritura”.

Del otro lado, se encontraba la audiencia, “¿Quiénes eran estas personas que tan alegremente se acomodaban a escuchar siete horas de oratoria?”, se pregunta Postman. Se trataba de un público educado en la era de la imprenta, acostumbrado a esas largas jornadas de oratoria y con una capacidad de atención extraordinaria comparada con los estándares actuales.

Neil Postman denomina “Era de la Disertación” a este período de tiempo, durante el cual “la mente americana estuvo sometida a la soberanía de la palabra impresa” y afirma que la disertación es “un modo de pensamiento, un método de aprendizaje y un medio de expresión”. Tal como lo anticipó McLuhan, la “Era de la Disertación” comenzó a desaparecer y se dio paso a lo que Postman denomina la “Era del Mundo del Espectáculo”, una etapa durante la cual la mente americana se sometió a la soberanía de la televisión, convirtiendo al discurso público en una “peligrosa absurdidad”. 

El mundo es hoy muy distinto al que describió Postman en Divertirse hasta morir, e incluso es muy distinto al que el autor llegó a ver hasta su fallecimiento en 2003. Esta nueva etapa bien podría llamarse “Era de la Interrupción”, por la creciente dificultad que padecemos para dedicarnos ininterrumpidamente a tareas que requieran un compromiso intelectual profundo.  

Ya en 2011, Nicholas Carr nos advertía las consecuencias del uso intensivo de internet. Han pasado ocho años y nuestro consumo no ha parado de crecer. Al momento de publicar su libro, nuestra vinculación con la tecnología era algo más limitada que la que actualmente predomina, considerando –principalmente- que los smartphones estaban recién empezando a expandirse a la mayoría de la población.

La masividad que adquirió este medio no hace más que intensificar las consecuencias que advirtió Carr: “Cada vez que encendemos un ordenador, nos sumergimos en un ecosistema de tecnologías de la interrupción […] Lo que estamos entregando a cambio de las riquezas de Internet es nuestro viejo proceso lineal de pensamiento. Calmada, concentrada, sin distracciones, la mente lineal está siendo desplazada por una nueva clase de mente que quiere y necesita recibir y diseminar información en estallidos cortos, descoordinados, frecuentemente solapados”.

José María Asensio Aguilera, catedrático de la Universidad de Barcelona, publicó el artículo Plasticidad, nuevas tecnologías y cambios mentales ¿Qué pedagogía? Allí admite las consecuencias negativas que la red tiene sobre los estudiantes, principalmente aquellos que nacieron familiarizados con esta tecnología (nativos digitales).

“Va siendo común en nuestros días observar, tanto en los ámbitos escolares como universitarios, una preocupante disminución de la capacidad de atención de los jóvenes, de su predisposición para superar los obstáculos cognitivos y emocionales que supone aprender”, escribió.

De todas maneras, sugiere la posibilidad de que el habitual manejo de las nuevas tecnologías puede generar “la emergencia de nuevas y excepcionales habilidades mentales” e invita a la reflexión sobre el buen uso de las mismas.

“Los padres deberían estar alertados sobre las posibilidades y los peligros que ofrecen las redes sociales de las que se sirven sus hijos, de la misma manera que los docentes habrían de estar advertidos acerca de la calidad de los conocimientos que circulan por internet así como de qué puede suponer su manejo como instrumento de aprendizaje”, dice Asensio Aguilera y finaliza proponiendo “el empleo de un tiempo no apresurado e invadido por continuas avalanchas de estímulos, sin que por ello debamos dejar de utilizar en nuestro beneficio cuantos avances tecnológicos nos procuren unas mejores condiciones de vida”.

De este modo, el autor se ubica en un punto intermedio entre deterministas tecnológicos e instrumentalistas. Los primeros, como McLuhan, creen que los avances tecnológicos -por si mismos- determinan el direccionamiento de la sociedad. Los segundos, consideran que los avances tecnológicos son los instrumentos que utilizamos para alcanzar nuestros propios fines, es decir, los instrumentos son neutrales, carecen de fines propios y están subordinados a nuestros deseos.

Asensio Aguilera reconoce en su texto que “cualquier tecnología del conocimiento modifica nuestras concepciones de la realidad, nuestros modelos mentales y nuestros valores” aunque cree que existe una posibilidad de que nosotros tengamos un control sobre esas tecnologías.

Personalmente, no siento un convencimiento pleno del planteo de Asensio Aguilera, aunque tampoco creo que exista una alternativa superadora.

Nicholas Carr afirma que “todos los días cada uno de nosotros debe tomar decisiones conscientes sobre qué herramienta usar y cómo”. Desde ese punto de vista parece que las herramientas están bajo nuestro control. Pero desde una perspectiva histórica o social más amplia: “Que individuos y comunidades puedan adoptar decisiones muy diferentes acerca de las herramientas que utilizan no significa que, como especie hayamos ejercido mucho control sobre el rumbo o el ritmo del progreso tecnológico”.

A esta altura, con un uso tan extendido de internet y con nuestra capacidad de lectura profunda fuertemente atacada, no nos queda más opción que tomar la propuesta de Asensio Aguilera. Debemos redirigir –una vez más- nuestras conexiones neuronales para recuperar el máximo posible nuestro proceso lineal de pensamiento. No se trata de abandonar el uso de las nuevas tecnologías, sino de impedirles que avancen sin ninguna resistencia.

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