El hombre adulto inicia la partida. Mueve hacia adelante uno de sus ocho peones blancos. Alrededor suyo una pequeña multitud se reúne para ver el espectáculo. Entre ellos, el padre de la niña que, del otro lado de la mesa, estira su brazo y replica el movimiento. En la Biblioteca del club Alem la tensión es evidente. La niña de 9 años les ganó a todos los hombres presentes en la sala y está disputando la final, el partido más importante de su corta existencia. Tras un par de movimientos certeros, la niña grita “jaque” y los hombres del público se regocijan, si la niña le gana al campeón, sus propias derrotas pasarán inadvertidas. El hombre adulto enciende un cigarrillo, recuerda la jugada donde perdió a su dama blanca y se atormenta con la idea de ser derrotado por una niña tan pequeña. “Jaque mate”, grita ella y el único que aplaude es su padre. El resto de los varones, aliviados, prefieren no festejar la derrota de su amigo.

Carolina Luján ya no es una niña, tiene 34 años y es la mejor jugadora argentina de ajedrez. Tiene dos títulos internacionales comparables a un cinturón negro de karate: Gran Maestra en la rama femenina y Maestra Internacional en la mixta o absoluta. Además, participó de 9 Olimpíadas y 4 Copas del Mundo. Desde la elite del ajedrez mundial, Carolina repasa su carrera e identifica 2 situaciones contra las cuales debió luchar desde sus inicios: la falta de apoyo al ajedrez nacional y la desigualdad de género en el deporte.

“No es fácil abrirse paso en un ámbito dominado por varones. Cuando era chica me preguntaban qué hacés acá, por qué jugás, me tiraban las piezas en la cara, apostaban a que iba a perder y si alguien me halagaba, me decía que jugaba como un varón”. Al crecer, esos episodios desaparecieron, pero la desigualdad de género se manifestó de otra manera: “Al equipo olímpico masculino le pagan viáticos para competir en una Olimpíada y nosotras tenemos que vender rifas. Ellos tienen seis sponsors en la camiseta y nosotras dos”. Por una serie de motivos, que incluyen a los anteriores, Carolina Luján se unió con sus compañeras del equipo olímpico femenino y conformaron “Damas Olímpicas”, para luchar contra la desigualdad de género en su deporte. Confrontan directamente con la Federación Argentina de Ajedrez, a quien denunciaron ante el INADI por un trato discriminatorio en las Olimpíadas de Batumi 2018.

Carolina dirige la Diplomatura en Enseñanza de Ajedrez en la Universidad de Tres de Febrero. Aprovecha que dos expertos en la historia de ese deporte la relevaron de su función docente y se toma unos minutos para conversar en una oficina cercana: “La Federación Nacional de Ajedrez tiene 100 años y me pregunto ¿Cuál fue el momento bueno? No puede ser que no consigan financiamiento en un país que tiene una historia riquísima en el ajedrez”. La falta de apoyo de la Federación fue una constante en su carrera. En el año 2000 se clasificó a la Olimpíada de Estambul, pero no pudo viajar por una deficiencia en la organización: “El equipo iba a llegar recién para la segunda ronda. El reglamento estaba intervenido, era todo muy desprolijo”, recuerda.

Carolina aprendió a jugar a los 7 y disputó su primer Panamericano a los 9. Sus padres, que no tenían relación con el ajedrez, cumplieron el rol que debió haber tenido la Federación. Su madre era ama de casa y su padre se dedicaba a la venta de muebles, pero hicieron de todo para que ella pueda entrenar y competir: “Para jugar un Mundial en Francia o España mis padres tenían que buscar apoyo de alguna institución, de una empresa, de algún político”, recuerda.

Al cumplir 18, Carolina decidió dedicarse exclusivamente al ajedrez. Hacía tiempo que había alcanzado su techo en Argentina y debía proyectarse fuera del país: “Cuando terminé la escuela decidí irme a Europa a entrenar y jugar torneos. Me iba unos 6 o 7 meses por año”. Si bien hacía base en España y jugaba torneos del circuito catalán, Carolina recorrió todo el continente con su tablero. Jugó en Austria, Croacia, Francia, Rusia, Noruega y Suecia. Ganó títulos y tuvo desempeños que ninguna otra ajedrecista argentina había tenido, pero luego de seis años comenzó a cuestionarse su modo de vivir y tomó decisiones que la alejaron de cumplir el sueño máximo de todo ajedrecista, el título mundial: “Era caótico vivir así, pagando un costo emocional muy fuerte por estar afuera tantos meses. No tenía con quién festejar ni con quien llorar”. recuerda.

Carolina comenzó a quedarse cada vez más en Argentina con la idea de establecerse económicamente: “El ajedrez deja plata para vivir, pero no es el tenis, que metés 6 años en Europa y después te retirás. Hay torneos que te pagan por participar y que además tienen premios por resultados, pero es muy difícil encontrar un ajedrecista que no de clases, aún mientras está en competencia”.

En la Universidad de Tres de Febrero, Carolina encontró una variante a las clases particulares. Dirige la única formación universitaria vinculada con ese deporte en Iberoamérica. Además, tiene a su cargo el equipo universitario que compite a nivel nacional y organiza actividades con un perfil social, como el fomento del ajedrez en escuelas y espacios públicos.

A Carolina no la favoreció la geografía. De haber nacido en Europa podría ser campeona mundial. Si bien ya desistió de ese sueño, encontró en la gestión del deporte un ámbito donde reparar la falta de apoyo que padeció. Ahora apunta a mantener activa su carrera y obtener el título de Gran Maestra (ya lo obtuvo en la rama femenina y está cerca de obtenerlo en la absoluta), pero no descarta dedicarse a la política deportiva: “Para demostrar lo mal que hicieron las cosas durante tanto tiempo”. 

Comentarios